Alta noche
Mi carne era de sal cuando le miré la voz por primera vez, ese verde, azul, anaranjado y dorado suspiro me calcina el alma y sin respirar es como me encuentro. Ese día, el cielo estaba calmado en sed, sé que por fin mi sacrificio épico aguardaría el momento para dejarme escapar, fue un instante nada más, retenía la mirada absorta en todo lo que fui, cuando comencé a explicarme mentalmente mis irremediables serpientes que, como palabras, amanecían claramente en mi divagar, entre las bandadas de humo de mi hipocresía fue como encontré las barbas negras del amanecer.
Mis ojos en sus arenas claras me hundían más en un fatídico deseo, las sombras eran labios calcinantes que encendidos en luz conspiraban para dar un claroscuro singular, mientras la alejada mañana abría su sexo palpitante y me dejaba entrar en su perpetua espera. Todo quedaba entre rayos, en los hombres abstraídos por la muerte, cáliz de versos que en la garganta siembran sus costras verticales para cuajarse en nosotros dos, ahora, y la interminable soledad que galopante nos asfixia, alejándome en delirante embriaguez del latido nuestro, sin embargo, cuando mis labios muertos de ti ,mujer imposible, se enredan en el mármol más fino, los órganos nupciales nos odian, nos dejan y pierdo la distancia –también al borde de los abismos cae en gritos – dónde habita la doncella de la vejez que me hace escribir, como siempre de tu recuerdo.
Me había tratado de refugiar en sus imperantes sentimientos, soñé en sus hechizos, con la densidad de mi voz y el hambre de su cuerpo carcomía mi pensamiento desembocado en el deseo, envenenado; sin sustento me decidí a no apagar las velas, ardiendo el agua. La piel se escapaba, los silencios, muy tarde eran peregrinos constantes porque pocas veces había deseado que la noche fuera más larga, para regresar a la amistad de los gatos al hervidero de palabras, a la orilla zurcida del techo cuarteado de gemidos, descabalgados en busca de un final: no quería dejar de soñar despierto. No quería que llegara la paz mareada de la traición
La mañana contemplaba los brillos de su cuerpo, piernas, olores... los dos casi como un verso y con una calmada irreverente la miré, sabía que se marchitaría como lo hacen las estrellas al encender el fuego permanente de la muerte, calmados, entraron débiles y lumínicas fragatas se vestía el día en los primeros rayos del día, sin saberlo dentro de mí tuve que esperar más de 10 años para que mi verso se cumpliera y es cierto... poca veces como aquella me he desesperado con angustia ante una amanecer esperado con angustia un amanecer...
Mis ojos en sus arenas claras me hundían más en un fatídico deseo, las sombras eran labios calcinantes que encendidos en luz conspiraban para dar un claroscuro singular, mientras la alejada mañana abría su sexo palpitante y me dejaba entrar en su perpetua espera. Todo quedaba entre rayos, en los hombres abstraídos por la muerte, cáliz de versos que en la garganta siembran sus costras verticales para cuajarse en nosotros dos, ahora, y la interminable soledad que galopante nos asfixia, alejándome en delirante embriaguez del latido nuestro, sin embargo, cuando mis labios muertos de ti ,mujer imposible, se enredan en el mármol más fino, los órganos nupciales nos odian, nos dejan y pierdo la distancia –también al borde de los abismos cae en gritos – dónde habita la doncella de la vejez que me hace escribir, como siempre de tu recuerdo.
Me había tratado de refugiar en sus imperantes sentimientos, soñé en sus hechizos, con la densidad de mi voz y el hambre de su cuerpo carcomía mi pensamiento desembocado en el deseo, envenenado; sin sustento me decidí a no apagar las velas, ardiendo el agua. La piel se escapaba, los silencios, muy tarde eran peregrinos constantes porque pocas veces había deseado que la noche fuera más larga, para regresar a la amistad de los gatos al hervidero de palabras, a la orilla zurcida del techo cuarteado de gemidos, descabalgados en busca de un final: no quería dejar de soñar despierto. No quería que llegara la paz mareada de la traición
La mañana contemplaba los brillos de su cuerpo, piernas, olores... los dos casi como un verso y con una calmada irreverente la miré, sabía que se marchitaría como lo hacen las estrellas al encender el fuego permanente de la muerte, calmados, entraron débiles y lumínicas fragatas se vestía el día en los primeros rayos del día, sin saberlo dentro de mí tuve que esperar más de 10 años para que mi verso se cumpliera y es cierto... poca veces como aquella me he desesperado con angustia ante una amanecer esperado con angustia un amanecer...
¿Fin?

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